14/05/2026

Cuando aprendí a dejar de fingir

Hola chicas.

Primero que todo, gracias por estar aquí.
Gracias por detenerte unos minutos de tu vida para leerme. Para mí, de verdad, significa mucho. Porque escribir esto no fue fácil. No fue algo que salió de la noche a la mañana. De hecho, por mucho tiempo pensé demasiado cada palabra antes de atreverme a decirla.

Soy una chica que sobrepiensa.
Y cuando digo que sobrepiensa, me refiero a que le da vueltas a todo. Absolutamente a todo. A lo que dice, a cómo lo dice, a cómo la miran, a lo que pensarán después. Y aunque durante mucho tiempo pensé que eso era solo parte de mi personalidad, con el tiempo entendí que detrás de eso había algo más profundo.

Silencio.

Un silencio que nació de querer encajar.
De querer verme fuerte. Correcta. Perfecta.
O al menos, lo suficientemente perfecta para los demás.

Y creo que muchas veces vivimos así sin darnos cuenta.

Vivimos intentando sostener una imagen que ni siquiera nos representa completamente. Una imagen que aprendimos a construir para no decepcionar a nadie. Para que la familia esté orgullosa. Para que la sociedad apruebe. Para que nadie haga preguntas incómodas.

Pero… ¿qué agotador es vivir así?

Porque llega un momento en el que te miras al espejo y ya no sabes si la persona que ves eres tú o la versión de ti que aprendiste a mostrar.

Y ahí fue cuando empecé a cuestionarme todo.

¿Realmente estoy viviendo la vida que quiero?
¿O estoy viviendo la vida que otros esperan ver?

«La verdad es que durante mucho tiempo fui muy infeliz, aunque no lo admitía. Y lo más fuerte de todo es que ni siquiera me daba cuenta. Me acostumbré tanto a aparentar que terminé creyéndome mi propia mentira. Me convencí de que todo estaba bien solo porque desde afuera parecía estarlo.»

Pero por dentro… había cansancio.

Había un peso enorme.
Un peso que nadie veía.
Porque las personas muchas veces solo conocen nuestra versión decorada, no nuestras batallas silenciosas.

Y qué extraño es eso, ¿no?

Vivimos en una sociedad obsesionada con la perfección, aunque la perfección ni siquiera existe. Todos la buscan, todos la aparentan, todos la venden… pero nadie realmente la vive.

Porque detrás de las fotos bonitas, de las sonrisas preparadas y de las frases motivacionales, también existen inseguridades, miedo, ansiedad y heridas que todavía no sanan.

Y sí, el miedo existe.
Aunque muchas veces queramos disfrazarlo.

Miedo al qué dirán.
Miedo a decepcionar.
Miedo a no ser suficientes.
Miedo a empezar de nuevo.
Miedo a mostrarnos tal y como somos.

Pero ¿saben algo?

Llega un punto donde el cansancio de fingir pesa más que el miedo de ser real.

Y ahí fue donde entendí algo que me cambió completamente:
soltar también es una forma de sanar.

Porque una vez decides dejar de cargar con expectativas ajenas, empiezas a respirar diferente. Empiezas a descubrirte. A conocerte. A reconstruirte desde un lugar mucho más honesto.

No fue un proceso mágico.
Ni rápido.
Ni perfecto.

Hubo días donde dudé muchísimo de mí. Días donde quise volver a esconderme. Pero poco a poco entendí que sanar no significa convertirte en alguien nuevo, sino volver a ti.

Volver a esa versión tuya que un día callaste por miedo a no encajar.

Y quizás por eso hoy escribo esto.
Porque tal vez alguien necesitaba leerlo.

Tal vez tú también has sentido ese peso invisible.
Tal vez también te has quedado en silencio muchas veces.
Tal vez también te cansaste de aparentar estar bien.

Y si es así, quiero que sepas algo:

No tienes que seguir viviendo para sostener una versión de ti que ya no te hace feliz.

Está bien sentir.
Está bien romperse.
Está bien empezar otra vez.
Y sobre todo, está bien ser auténtica, aunque eso incomode a algunas personas.

Porque al final, la libertad más bonita que existe es poder mirarte al espejo y reconocerte de verdad.

Sin máscaras.
Sin presión.
Sin miedo.

Solo tú

ATT:Branyely Alfonso